La otra guerra de Charlie Wilson
Por Andrés Reina
En los últimos minutos de la película de Mike Nichols, La guerra de Charlie Wilson, el personaje protagonizado por Tom Hanks, el congresista americano que presta su nombre al título del filme, se ve incapaz de convencer a sus correligionarios de la cámara de la importancia de destinar un solo millón de dólares a construir escuelas en Afganistán, después de haber destinado cientos de millones en los años anteriores en armar a los muyahidines resistentes a la ocupación soviética.
La lectura histórica de la escena es evidente, pues los años sucesivos enseñaron cómo, en ausencia de un verdadero programa de reconstrucción y educación del país afgano, los talibanes consiguieron hacerse con el control absoluto del país, permeando en todos los estratos de la población. ¿La historia hubiera sido distinta si al congresista Wilson le hubieran aprobado esa partida de un millón de dólares para construir escuelas en la devastada Afganistán? Lo ignoro, pero quizá ahora, dos décadas después, podamos averiguarlo.
Las naciones del norte de África, casi sin excepción, han estado dominadas durante el último medio siglo por regímenes de corte monárquico o, en todo caso dictatorial, en los que los más elementales derechos humanos y civiles se han estado apisonando de manera sistemática. Occidente, el primer mundo, o como queramos llamarlo, ha mirado entretanto y no sin sonrojo para otro lado por distintos motivos: algunos de ellos de corte económico, pero otros estrictamente geoestratégicos, al menos en los últimos años. Hasta donde sé, esas mismas naciones tan poco respetuosas de los derechos humanos y civiles han sido especialmente celosas en ahogar brotes de islamismo radical, asumiendo su rol de última frontera para esos extremismos.
Entre tanta geopolítica, a la población de tales países, ahogada por sus propios gobiernos, se le ha hinchado las narices, y para asombro de todo el planeta, con un arrojo y una determinación encomiables, se han levantado en calles y plazas públicas para exigir la marcha de sus gobernantes y el reconocimiento de sus derechos, fundamentalmente el de contar con una democracia y un estado de derecho propios de este siglo y no del Medievo. Y salvo contadas y tardías excepciones (Libia…), lo han hecho sin contar con ayuda externa. Vaya por delante mi admiración hacia la valentía de estos pueblos, que se alzan contra tanta injusticia, propagada por sus propios gobernantes.
Sin embargo, pienso que bien está que hayan sido ellos solos quienes hayan limpiado, a sangre y fuego, sus propios países de sátrapas, pero me parece que hay que ser muy optimista para pensar que ellos solos también serán capaces de convertir sus maltrechas sociedades en sociedades democráticas ejemplares. Ya empiezan a escucharse voces que con preocupación advierten del incremento del apoyo a los extremistas en alguno de esos países donde se dan los primeros pasos para formar un nuevo gobierno, porque es obvia la vulnerabilidad de esas sociedades en este momento, repentinamente descabezadas de su clase gobernante.
La solución pasa por ser conscientes de nuestra propia responsabilidad como naciones civilizadas, suscriptoras de la Declaración de los Derechos del Hombre, que no por nada lleva consigo la palabra Universal, y hacer los esfuerzos necesarios para colaborar en la construcción de esas democracias. No hablo de regresar a paternalismos del pasado, tutelas que apestaban a colonialismo decadente, no hablo de eso, de lo que hablo es de construir escuelas, como Charlie Wilson.





